Un billete para el Village

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El 20 de noviembre de 1973, a las cinco y treinta y dos minutos, hora de Nueva York, el Jumbo de Iberia “Costa Cantábrica” se esfumó en el Atlántico. Era un Boeing 747-256B, con cuatro motores, y la compañía nunca pudo explicar el motivo del accidente. Simplemente, desapareció. El último mensaje que se recibió del avión fue para confirmar rutinariamente la normalidad del vuelo y comunicar el inicio de la maniobra de descenso con dirección al aeropuerto de La Guardia.

 

 

 

            La tarde languidecía, entre tiestos con claveles y geranios, como si llevara la tristeza del zambo Manuel a cuestas, pero era la voz de Elena Francis, que sonaba inclemente desde un transistor en el tercero izquierda, la que abotargaba el patio de la casa. De no haber sido por el consultorio sentimental de Dª Elena, la hora de la siesta habría transcurrido entre gotas de calor hasta las seis y media de la tarde, como mandan los cánones, y los vecinos de aquella casa de la calle Galileo se habrían levantado de buen humor y descansados para disfrutar del crepúsculo madrileño. Además, y para remate del descanso de los honrados sesteros, la voz estentórea de Luis despertó a los pocos que aún estaban en el cine de las sábanas blancas:

-¡Me cago en la puta leche...! ¡Una mierda!, esto es una mierda... ¿Qué cojones quiere decir materialismo y empiriocriticismo? ¿Alguien se puede tragar un rollo así...?

 

            A Carlos, el exabrupto le dejó como chorchi de guardia a la puerta de la habitación de Luis. Acababa de llegar y todavía no había dicho ni buenas tardes, cuando escuchó las frases y vio un libro salir disparado por la ventana. Guardó silencio y observó a su amigo. No parecía borracho, pero le brillaban los ojos entre las guedejas de pelo castaño y ensortijado que se balanceaban, tan airadas como el dueño, mientras este cruzaba la habitación a zancadas.

 

-¡Luisito!, hijo, casi me das con el libro en la cabeza, ¡joer!...- Era la voz de la señá Engracia, la portera, que no podía dormir la siesta porque no estaba recogido ese derecho en las ordenanzas laborales, y que estaba barriendo el patio pues tampoco podía regarlo en hora tan respetable. -¡Vas a volverte loco de tanto libro, como Cervantes!

 

-¿Ves?, ¿ves lo que te digo...? (Luis se paró en mitad de la habitación) eso es la cultura popular (señaló con el dedo hacia la ventana abierta) y no el estudio de la crítica al realismo ingenuo...;  ¡Carlitos!, pasa tío, te esperaba más tarde...

 

-Me aburría en casa y pensé que podríamos escuchar algo de música...- Dijo Carlos, acercándose al amigo; Luis sonrió ampliamente y le dio la mano.

 

-Joder, eso de que no tengas nada que hacer es una novedad... Siéntate, macho, que esto seguro que no lo has escuchado..., me lo acaban de regalar, comprado en Nueva York, ¿sabes?.- Olvidado el incidente filosófico, al parecer, Luis se acercó al tocadiscos, lo puso en marcha y buscó con la aguja un corte en el vinilo. Sonó un piano, aplausos y a continuación un saxo y luego otro. El ritmo de la pieza de jazz era persistente, obstinado, remarcado por el contrabajo y el sonido de la caja y los platillos de la batería. –Take five, Carlitos, Take five, en directo y desde Ámsterdam...

 

-No, no la había escuchado, ¿toca cinco?

 

-Más o menos... Escucha, escucha el piano de Brubeck, ritmo en estado puro, dirigiéndolo todo, una maravilla...

 

 

 

            Quince minutos después, los cristales de la ventana del cuarto seguían vibrando con los últimos compases de Take five y las protestas de los vecinos chorreaban por los tubos de desagüe de la medianería del patio, pero Luis fumaba indiferente mirando las volutas de humo que zigzagueaban hacia el techo de la habitación.

 

-¿No será mejor la música que esa mierda de radio? Están colonizados, alienados, eso es lo primero que hay cambiar con la revolución, eso...

 

-Ellos no tienen la culpa, es la dictadura la que...

 

-Ya, ya, la superestructura y todo eso, cosas de manual. Hay que ser militante: acción contra reacción y luego más acción todavía, movilizar al pueblo, ¿o no eres marxista?

 

-La práctica no tiene sentido sin la teoría, Luis, y tú lo sabes.

 

-Bueno, bueno, el jazz, la música, no tienen explicación científica, eso queda para mentes estreñidas...- Hizo un gesto con las manos en el cuello de su camisa de cuadros escoceses, como si se apretara un nudo de corbata, y sonrió irónicamente. -Oye, ¿has quedado con Charo?

 

-A las diez y media, en Whisky Jazz, como dijimos.

 

-Tenemos mucho tiempo todavía, ¿unas cañas en Riaño? Luego nos podemos ir andando hasta allí...

 

            Al cabo de unos minutos, se despidieron del viejo de Luis, que les contestó con un par de carraspeos, y bajaron los dos pisos a pie, el ascensor de la casa no estaba para muchos tutes. Engracia los esperaba ante la estrecha puerta de la portería, un chiscón enmascarado de visillos blancos de encaje, con el libro despanzurrado entre las manos.

 

-Engracia, casi te arreo. Perdóname, tata...- Luis había nacido en la casa y ella le había dado su primera cucharadita de agua de anís. -...no me acordé que estabas barriendo el patio.- Se acercó y la besó, zalamero, en la mejilla. -¿Me perdonas?, oye, que bonito mandil llevas hoy...

 

-Ya, es el mismo de ayer y de los demás días, además me lo regalaste tú el año pasado... No me toques las narices, Luisín, que el libro este es de los que pesan. Toma, anda, y piérdete por ahí que ties contentos a los vecinos con esa cascarria de música que pones.- Engracia extendió el libro hacia Luis, pero este se metió las manos en los bolsillos del viejo pantalón de pana marrón, una institución en su indumentaria.

 

-Guárdamelo, por favor, no tengo ganas de volver ahora a casa, anda tata, luego lo recojo...- Miró hacia el suelo con gesto de niño bueno y Carlos prendió un Ducados para distraerse del descojone que le iba entrando. -¿Y qué le pasa a mi música? ¿Es que no te gusta la música?

 

-La música buena, sí, no esa chundarata que pones, hijo.

 

-Ah, ¿sí? Y ¿qué música es la buena?, anda dínoslo...- Sabía lo que iba a contestar la portera, pero a Luis le encantaba escucharlo.

 

-De sobra lo sabes, ya podías poner de vez en cuando a Nino Bravo, pobre, con lo bien que cantaba..., o a Mocedades que tampoco lo hacen mal y se les entiende lo que dicen...

 

            Luis se rió, volvió a besar a Engracia, ahora en ambas mejillas, y luego de despedirse salieron los dos a la calle dejando atrás a la portera que, algo mosqueada pero indulgente con el ahijado, se metió en el cuchitril con el libro entre las manos. Todavía hacia calor y los pocos coches que pasaban iban con las ventanillas abiertas, buscando un poco de aire fresco entre la calima de alquitrán. Un viejo con sombrero, chaqueta y corbata bien anudada al cuello paseaba insensible a la solanera que todavía martirizaba la acera y las persianas verdes bajadas en los balcones de las casas parecían ojos de lagartos dormidos. Poco después de Joaquín María López, casi en la esquina con Cea Bermúdez, Luis se paró un momento.

 

-¿Te imaginas que la atizo con el libro? Acojonante, pobre tata, y además fíjate que noticia para el Pueblo, descalabra a la portera con un libro de Carlos Marx...- Carlos no pudo contener la risa esta vez y se atragantó con el humo del pitillo.

 

 

 

 

            Después del segundo pelotazo, Luis hablaba siempre del sueño más grande de su vida: ir al Village Vanguard. Una hora después de que llegaran a Whisky Jazz iba por el cuarto, y había hecho también repaso de la historia del cabaret neoyorquino hasta 1948, más o menos, sin importarle demasiado la atención que le prestaba Carlos, que era más bien poca. Y es que Charo les había dado plantón y las neuronas de Carlos buceaban en las burbujas del cubata como si estuviera buscando un galeón hundido. A Charo le pasaba algo. A través del teléfono, Carlos la había sentido distante, extraña, y ya era la segunda vez que no salía con ellos; estaba claro que la excusa del dolor de cabeza era mentira, pensaba Carlos, buscando un por qué mientras se perdía un poco más entre los icebergs con sabor a ginebra del vaso.

 

-¡Manteca!- exclamó Luis -¿Sabes que así llaman a la maría en Cuba?

 

-¿Cómo dices?- Carlos podría haberle despabilado con cualquier otra pregunta, pero en ese momento dio la casualidad de que en el cabaret dejó de sonar la música de fondo.

 

-La maría, sí, dicen que la hierba perdió a Chano Pozo.- Prosiguió Luis sin darse cuenta de que Carlos había estado en otro hemisferio. –Y El Cabito lo mató en un callejón, antes de que pudiera tocar Manteca en el Village, con Gillespie...- Luis le atizó otro lingotazo al whisky y miró hacia el pequeño escenario que acababa de iluminarse. -Mira, ya sale Lou Bennett…, ¡qué órgano!, ¿verdad?- Carlos no contestó. -Vamos, tío, anímate que todo se arreglará…

 

-¿Qué es lo que tiene que arreglarse?, ¿a qué te refieres…?

 

-No sé, joder, era una forma de hablar…- Luis apartó la mirada, azorado, como si Carlos le hubiera pillado en un renuncio, y la pregunta de éste se quedó en el aire, flotando entre la salva de aplausos y risas que habían inundado la sala. A Bennett se le había volcado un vaso entero de líquido sin determinar dentro del órgano eléctrico y hacía aspavientos como si el instrumento fuera a carbonizarle. El órgano, sin embargo, debía ser igual de incombustible que el músico porque al poco tiempo sonaba Moanin’, para especial regocijo de los seguidores de Bobby Timmons y desesperación de Carlos quien de sobra sabía que Luis nunca hablaba cuando escuchaba música en directo y que la duración de un concierto de jazz se puede comparar con la de un partido de tenis o un mitin de Fidel Castro: se sabe cuando empiezan, pero no cuándo terminan. Para cuando Bennett acabó de tocar el bis de Caravana, Luis ya ni siquiera se acordaba de cuántos pájaros había en el nombre de Charlie Parker.

 

 

 

 

 

            ¿Qué hacía? ¿Le abría o no? A Carlos le pedía el cuerpo dejar a Luis esperando al otro lado de la puerta, tal era el desprecio y el odio que sentía después de lo que le había hecho, pero dudaba. Algo le decía que entonces también él sería culpable, culpable de la misma cobardía que le escupió a la cara hacía muy poco. Si lo había engañado, manteniendo oculta su relación con Charo pero no podía ahora dejar de enfrentarse con él. Abrió la puerta, de par en par, impulsado por la convicción de que él tenía toda la razón.

 

-Hola, Carlos...- Murmuró Luis desde el otro lado del vano. Carlos, erguido, lo miró, prepotente, y guardó silencio. Seguro que Luis se derrumbaría ante su fortaleza. –¿No me invitas a pasar...?- Carlos se dio la vuelta, con gesto altanero, como cuando después de una gran faena el torero se da la vuelta para saludar a su público, la montera en la mano, y salen las mulillas para llevarse el cadáver del toro, y después se dirigió hacia la pequeña salita, sin decir nada, donde esperó que Luis cerrara la puerta y llegara hasta él.

 

-Quisiera darte una explicación...- Lo tenía a sus pies, vencido, Carlos se enderezó un poco más.

 

-No me hacen falta tus explicaciones.

 

-...una explicación en nombre de Charo, me lo ha pedido ella..., no se atreve a hablar contigo.

 

-¿De Charo?, ¿cómo...?- Las líneas del guión que se había escrito Carlos, comenzaron a torcerse.

 

-Sí, de Charo. Quiere que sepas que el viaje a Nueva York me lo regaló a mi porque era la única manera de dejarte... ¡Joder!, Carlos, no la hacías ni caso, siempre con tus reuniones, con tus historias del partido... Un día se dio cuenta de que ya no podía seguir viviendo contigo y cuando le tocó el viaje en la rifa, hizo la maleta para dejarte y me lo regaló a mí, no sabía cómo hablar contigo, no sabía cómo decirte que ya no te quería, que no quería vivir con un héroe sino contigo...- Carlos se sentó y miró hacía el suelo. Luis prosiguió: -Quiere pedirte perdón por no poder decírtelo en persona, pero no puede, está enferma, y dolorida, me ha dicho que quizás algún día..., que la gustaría que pudiéramos seguir saliendo juntos, algún día...

 

-Y claro, entonces tú te aprovechaste de todo para ponerme los cuernos...- A Carlos se le quebró la voz...

 

-Para aprovecharme, ¿de qué? O sea, que yo he estado esperando a que te fueras a tirar panfletos y a comerte el coco en las reuniones del partido para entrar por la puerta de atrás y robarte algo que era de tu propiedad... ¡No me jodas! ¿Es eso lo que piensas de mí?, ¿¡eh!?, ¿es eso...?- Silencio. Luis hablaba, pero todo era silencio. La salita decorada con posters del Guernica, de Che Guevara, de Miró, era todo silencio y los platos sucios de la última comida sobre la mesa se resecaban también en silencio... -No me juzgues así, Carlos, no pienses de mi así, que nos haremos más daño todavía. Pasó y ya no tiene remedio, ahora tenemos que...

 

-Ahora..., ahora, ¡y una polla!- Explotó Carlos, levantándose impetuoso, de nuevo. -¿Me estás diciendo que aquí paz y después gloria? No, no, me has engañado, me has vacilado... sólo me lo tenía que haber contado todo..., yo, yo habría procurado arreglarlo todo...- La voz se le fue rompiendo, confuso ante el reflejo que comenzaba a ver de sí mismo en el espejo del amor perdido. Él, tan seguro siempre, tan confiado de las cosas tan importantes que hacía, se iba desinflando poco a poco como si fuera un globo de feria pegado en el techo. -Yo..., yo la quiero...- Se derrumbó. De nuevo, un instante de silencio. Ominoso, tenso como el relámpago que precede al despertar después de una pesadilla.

 

-Quería decirte otra cosa, Carlos.- Luis se sentó, también, con gesto cansado, como si la confesión del amigo le hubiera caído de golpe sobre los hombros.    -Quiero  regalarte el viaje..., no, calla..., espera, deja que te lo explique, es la única forma que tengo de decirte que quiero que sigamos siendo amigos, después..., mañana, dentro de un tiempo... Vete a Nueva York y tómate unas copas en el Village, así los dos perderemos algo muy querido... Hay más días que lentejas y ya tendré otra oportunidad de verlo. Por favor, acéptamelo...-Luis sacó del bolsillo el billete de avión, con unas letras grandes y rojas que decían Iberia, Líneas Aéreas de España y se lo tendió a Carlos que lo miró, sorprendido, confuso.

 

-Luis, ¿qué dices? No me jodas más...

 

-Sin joder se hizo el trato.- La respuesta de Luis arrancó una leve sonrisa de Carlos. -No tienes ni puta idea de jazz, así aprenderás algo de música.

 

-No puedo aceptarlo Luis, no puedo, me sentiría...

 

-Que sí, joder, aquí te lo dejo, no lo quiero, no de esta manera...- Luis se levantó y subió la cremallera de su vieja chaqueta de piel vuelta. -...y no nos olvides, ojalá que no nos olvidemos.- Oscurecía y la habitación se quedaba en penumbras. El billete al Village, sin embargo, brillaba sobre el borde de la sucia mesa y Carlos lo miraba.

 

-¿Luis, tú la quieres?

 

-Digamos que, como a Oliveira, me fascinan sus sinrazones... ¿Me das un abrazo?- Carlos se levantó: Charo, su traición, la soledad... Luis, esperando, al borde del regalo, mirándole. Los recuerdos, el Whisky Jazz, las tardes escuchando música, el billete sobre la mesa...

 

 

 

Lo abrazó, sin decir nada. Con desespero, sintiendo como que se abrazaba a sí mismo, que se encontraba con algo muy importante, que el billete no era sólo para ir al Village Vanguard.            Se separaron al cabo de unos instantes, se miraron y sonrieron. -Es la hostia, Carlitos, como te puede cambiar la vida un sorteo del Cola-Cao.- Carlos sonrió. -Cuando vuelvas, llámame, que me debes unas cañas en Riaño, ¡ah!, y Take five significa Toma cinco.

 

 

 

Luis se dio la vuelta, caminó por el pasillo y salió de la casa cerrando suavemente la puerta tras de sí.

 

 

 

 

Pedro M. Martínez Corada

 

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AQUELLA MIRADA                                                                       

 

Era verano,  viernes, de noche y me aburría, así que me alegró la llamada de Félix. El Felisito llegó una hora después, puesto casi del todo y bien acompañado. Traía debajo del brazo derecho un elepé y del izquierdo una preciosidad de mujer, que se llamaba Marina. Era bajita, tamaño bolsillo, pero tenía un cuerpo de cinco estrellas y unas piernas de para qué que reconozco públicamente –yo soy así– fue lo primero que miré. Seguí avistando después hacia arriba, hasta que llegué a su mirada y ahí me quedé pelín cortado, pues Marina tenía estrabismo: un ojo por aquí y otro por allá; pero me colé por ella, a pesar de su mirada divergente. Luego se sentó a mi lado, dejando alrededor un perfume a reserva natural de la biosfera, mientras el Felisito ponía el disco (los Bee-Gees, un doble en directo) y se liaba a hacer trompetas: “Hasta que acabemos la china, ¿vale?”, nos dijo el tío. Marina y yo hablamos sin parar, una delicia el rollo, seguro que hasta salió el Borges en la charla, y a eso del tercer canuto sonó “Holiday” y flipé del todo: la miraba, y ella a mí con su mirada bifurcada, y yo loco por ella, así que le susurré que tenía una mirada preciosa; me salió del alma. ¿Habéis hecho un castillo de naipes, alguna vez? ¿Y se os ha caído, después? Pues eso, se fue a la media hora escasa y no la he vuelto a ver. Desde entonces, cuando me presentan a una chavala la miro primero a los ojos y no he vuelto a escuchar a los Bee-Gees. Y eso que el disco que traía Felisito, era mío.  

 

 

 

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