María Cristina Bosch
Y?
Esta bien. Ya lo
sé. Tuve un quiste, tengo ahora un tumor, me hicieron la
biopsia, dio
maligno, me lo extirparán: temen las ramificaciones.
Y?
Creen que tengo para dos meses, a lo sumo.
El tumor está adherido a los
pulmones. Aparte de
sentir un ligero cosquilleo, cuando toso -que últimamente es
bien seguido- y un
sordo dolor en la columna, nada me impide seguir viviendo.
No quiero esta operación; no deseo morir de
a trozos, como una res colgada en
una carnicería.
Deseo irme limpia y entera al más allá, sin olor a sangre, sin
estremecimiento ni
estertores durante un poco más de tiempo y nada más. Al final
de esa loca
carrera, siempre estaré yo y la muerte acechando. No quiero correr;
sólo sentarme y
esperar.
Y?
Tengo sesenta días por delante, si no me
opero. Después, el deceso será
rápido y doloroso.
Moriré ligero, pues los síntomas son el ahogo y la falta de
aire. Parecido a un
parto, jadearé como una locomotora y en vez de un hijo me
nacerá la muerte.
Saldré yo, alma y luz a vagar el Infinito.
Nubes, copos de espuma, aire
límpido y sin hollín me remontarán en giros y
remolinos. Y lloraré en cascadas
de lluvia y reiré
en un rayo filtrado a años luz de mi soledad.
Tengo dos meses, sesenta días, ocho semanas
para mirar la tierra y ya estoy
buscando la muerte
antes del tiempo indicado.
Aquí, tendré pacientemente que esperar el
día. Y mientras tanto, me distraeré
fijando un pétalo
azul a mi rosa preferida o escuchando el sonido quejumbroso
que tiraré en la
laguna. Iré al Convento y cantaré el Angelus con las monjas;
de repente, -como
cuando era niña- me meteré en el torno y giraré como un
tiovivo multicolor.
Ya pasada la medianoche, contaré las
estrellas de la Vía Láctea y le guiñaré
un ojo a la más
lejana. Lloraré para cristalizar mis lágrimas en pulseras de
cristal. Cantaré, para encerrar mi canto en el hueco
de mi mano. Sonreiré, para
hacerme anillos de
luces y colores.
Por las tarde, tocaré en el piano una Sonata
de Mozart o un Concierto de
Beethoven.
Y?
Después, el resto del tiempo que me quede,
leeré y le hablaré a la luna de su
cráter escondido,
ése que los astronautas no alcanzaron a perforar con
utensilios
terrestres.
Me faltan ya menos días. No me operé, pues
así lo decidí a último momento.
-Es una locura; todavía queda una esperanza,
Señora, que no estén
completamente
tomados los dos pulmones ni los otros órganos vitales: decídase,
Señora,
por favor.
-Me voy, pero entera, Doctor.
El mar me acuna a la siesta. Siento su
espuma rociar mis cabellos
humedeciéndolos de
besos y caricias tenues. El sol no calienta; entibia
solamente. A lo
lejos, una gaviota grita enojada, pues se le soltó el pez del
pico. Y yo me río y
el pez ríe conmigo. La tierra todavía me concede un último
favor: una puesta
de sol todas las tardes y el arco iris, después de la
tormenta.
Cuando estoy un poco menos agitada, en silla
de ruedas me llevan hasta el
muelle y desde allí
observo el horizonte obstinadamente. Un rayo de luz juega
con mi nariz y la
tuerce a voluntad, creando juegos de luces y sombras. Ya no sé
respirar
normalmente se me enturbia la vista cuando jadeo. Puede que hoy sea la
última tarde, la
última hora de mi paso por la tierra.
Y?
Maria Cristina Bosch
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EN ALGUN SITIO
En algún sitio
se unirán las
coordenadas
de tus ritmos y de
los míos:
-Nosotros poseemos el Infinito-.
Qué importa el tiempo
o quizá yo misma,
si ese acto que
pasó
se detiene en mí?
Te elevaré conmigo,
venciendo la distancia
y el tiempo.
Te llevaré –repito-
grabada a fuego,
en fuga final
entre mis pupilas
y en mis cinco
sentidos.
Allí (o donde sea)
serás mío, siempre,
joven,
ajeno a los quebrantos
y a la ruptura
insoportable
del Adiós.
Maria Cristina Bosch.
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HE PERDIDO UNA PALABRA
He perdido una palabra.
He perdido mi horizonte.
Sólo queda mí despojo
sin entrañas
sin conceptos, sin
ideas.
Era el nexo de mi alma
con los hombres.
He perdido el sentido trascendente.
He perdido mi riqueza,
sólo estoy
empobrecida.
Y a despecho de mi miedo
hoy camino hacia la
nada
con el símbolo
perdido
que se apaga –a
pesar mío-
en lamentos que no
existen.
Maria Cristina Bosch.
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EL ETERNO RETORNO
No sé si tornaremos en ciclos infinitos.
Pitágoras lo dijo (a ti ni te interesa):
Los átomos añosos repiten sus falacias
en sueños abismales
que sin duda se acechan.
No sé si volveremos en átomos futuros,
como tornan las
cifras a la mano sapiente,
mas sí sé –sin duda-
que este insólito enigma
noche a noche me
espanta, me sumerge en la nada.
Vuelvo pues a Pitágoras, como alumna
obediente,
en el arduo deseo
de captar esa idea,
ya que átomos
tales, por urgencias constantes,
me proyectan “ex terra” en inciertos poemas.
Maria Cristina Bosch.
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EPITAFIO PERSONAL
Mi valor fue escribir
prosa o verso.
Mi audacia, sonreír
con ternura.
Me impusieron la música
y la rígida
etiqueta.
A mí sangre latina
se mezcló una mota
de sal
de herencia insana.
Fui sequizo, entonces,
música y poeta.
Maria Cristina Bosch.
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REVANGE
Siempre me burlaba
de una anciana
agotada
y de sus piernas
flojas;
de su aspecto
irónico
detrás del inhábil
maquillaje,
de sus “nanas” y de
sus quejas
y de su fatiga en
desuso.
Hasta que engordé once kilos
y me encontré tres
canas.
Maria Cristina Bosch.
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Apolo y Daphne
Daphne era
deliciosa. Una estilizada criatura, parecida las imágenes que pintó
Botticelli en el
Renacimiento. Pero, según la opinión de Apolo, tenía un solo
defecto: era casta,
pura, inexpugnable.
Una mañana
temprano, cuando todavía los ruiseñores están en los brazos de Orfeo, Apolo se
levantó decidido a poseerla.
Ella
fue como siempre a bañarse al río. Sumergió su delicado pie en el agua;
luego,
paulatinamente, con garbo y brío, se deslizó dentro. Hundió sus nalgas y
sus pechos, estiró
los brazos y tocó la espuma. Rió, serena y feliz.
Apolo
la espiaba con avidez. Su mirada relampagueaba; las pupilas esmeraldas
estaban dilatadas
por la excitación; los pies rígidos, los músculos tensos. Todo
él era una fibra de
carne humana en suspenso, un signo de interrogación a punto
de desbordar.
Daphne salió
lentamente. Sacudió su cabellera dorada; temblaba su inmaculado
cuerpo en contacto
con el aire y gimió de placer. Girando su cuello con donaire,
vio la mirada ávida
del Dios del amor.
Se
alejó de prisa. Corrió, como una gacela asustada, cuando vió
que él la
perseguía. Se
deslizó ágilmente, sin tocar con sus pies la tierra y extendió los
brazos al cielo en
ademán de ayuda.
Júpiter
no desoyó su ruego. Criatura predilecta de los dioses, no podía ser
abandonada a esta
triste suerte.
Cuando
Apolo apoyó la mano glotonamente sobre la cintura de su juvenil víctima,
ésta profirió un
grito de terror.
Al
instante se partió el cielo en dos; un trueno sordo y profundo se oyó a lo
lejos; dos
relámpagos estallaron entre las nubes y, lerdamente, el cuerpo de esa
pequeñita ninfa
etérea se fue transformando. En los dedos de los pies le
crecieron
prontamente raíces; su pierna izquierda se convirtió en corteza,
cubriendo con timidez
la virginidad de sus pudores. Las manos se alargaron en
frágiles ramas; su
cabellera dorada, embellecida por el alba, fue perdiendo el
brillo del oro tiziano y adquirió la rugosidad de las hojas secas. El
grito sordo, en la boca aterrorizada, se perdió para siempre.
Era la
hora exquisita. Bajo los ojos de un Apolo enloquecido, Daphne
se
transformó en
laurel.
Maria Cristina Bosch.
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PASION DE UN DIA
Un día seré tuya, un día, es cierto.
Ni lo sé ni me quejo en demasía;
tan segura de
tenerte estoy en vida
que ni gimo ni busco
ni te acecho.
Mi alma y mi pupila se estremecen
de esperarte hacia
la tarde, al mediodía.
Un día seré tuya, un solo día
y rugirá mi ser en
agonía.
Maria Cristina Bosch.
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DESPUÉS
No sé qué pasará
con tu ternura
y mis ansias de
amarte,
todo el tiempo.
No sé qué pasará
con tus caricias
y los besos
y el silencio
y nuestra risa.
No sé qué pasará
con el primer
instante
de tu ausencia
ni con todo este caudal
de gran angustia
que gemirá tu nombre
en el desierto.
No sé qué pasará
la noche
la tarde
el día que te vayas
y no lo advierta.
Maria Cristina Bosch.
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SI ES VERDAD
Si es verdad que
el concepto es
arquetipo del objeto
en las letras de tu
nombre esta mi vida
y en el amor, el
sentido de mi nombre.
Maria Cristina Bosch.
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ESTO ES POESIA
El olor del jazmín, la santa rita,
el ululante gemido
del molino,
el zángano zumbón,
el viento frío,
el silencio de un
pájaro abatido.
El misterio de la vida renovada
en el fruto y en el
grano tardío;
la madreselva y los
aljibes mudos:
Esto es síntesis de amor. Esto es poesía.
Maria Cristina Bosch.
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CRITICA SOCIAL
Nadie vio su belleza
hasta que lo
abatieron.
El temporal fue brusco,
aborrecible a la mirada del
vulgo.
Quiso levantarse y
no pudo.
Lo dejaron yerto –frente al sol-
desnudo.
Maria Cristina Bosch.
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Maria Cristina Bosch.
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2152 2do. “C” – Segundo cuerpo fondo.
(1167) Capital Federal.
Republica Argentina.
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Teléfono: 54 11 4803-0865
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Natalio Ruiz
Chiquitito,
insulso, escritor de insignificantes poemas, íntegramente mediocre, desde la punta
de sus zapatos de goma hasta su sombrerito de dudosa hechura.
Todos
los días durante años, pasó por la plaza frente al balcón de su amada, con los
mismos zapatos de suela engomada y el chambergo de medio luto.
El
mismo camino, la misma plaza y los mismos árboles lo conocían de memoria. Su
puntualidad era famosa. Caminaba a saltitos, como tero cansado, con pasos
breves y menudos y su figura atontada.
Saludaba
correctamente, tocándose el ala del sombrero –si era una persona de rango
inferior- o quitándoselo con una reverencia absurda –si su condición lo
igualaba o era mejor que la suya-.
Jamás
una mala palabra, un dejo de malhumor, un suspiro fuera de lugar. El “que
dirán” le cortaba las alas a su imaginación dormida; el “que dirán” le obligaba
a claudicar en todo. Mediocre para hablar, razonar y pensar, el límite de las
trabas sociales era su fuerte, indudablemente; no podía superarlas,
reflexionando sobre su estupidez. Aceptaba todo lo que se decía; la doxa era su guía; ni siquiera levantaba la cabeza de la
almohada, si su médico así lo ordenaba:
-Lo
prohibido, prohibido está-, decía sin soltura.
Natalio Ruiz ocupa
el lugar que se merece, acorde a su alcurnia, en una bóveda rasgada de tercera
categoría, en la aristocracia y selecta Recolecta.
Murió
como correspondía; sentado en su banco, en la plaza que lo vio pasar
indefectiblemente a la misma hora, observando a hurtadillas el balcón amado, un
gigantesco fruto osó caer sobre su ilustre pelada brillante de tantas
cepilladas y le acható el cráneo, incrustándose cómodamente en el hueco que le
provocó su caída. Natalio se achicó, se arrugó y se
murió.
Horas
después, ciertos chicuelos que peloteaban distraídos, lo vieron, exhalaron un
aullido feroz y se fueron. Un policía que pasó lo encontró por pura casualidad
y entonces se resolvió su entierro con varias horas de retraso. Llegó la
ambulancia y se lo llevaron.
En el
célebre balcón se asomó un gato y maulló.
Maria Cristina Bosch.
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